“Yo no me llevaba un osito a la cama, cada vez que mi madre se enfadaba conmigo me llevaba a Bambi. Era mi compañero solidario", explicaba Carlos Pazos comentando su obra Aquella noche volví a llorar con Bambi. Y es que el arte conoce muy bien el poder constructor de imaginario que es el territorio de la infancia. Como también tiene muy clara la función socializadora del juego. Con soldados que nunca mueren, barcos que navegan en mares de papel, Bambis de neón, figuras de cartas convertidas en magos y otros compañeros solidarios con quienes compartimos memoria y vida.

Podría ser mi dormitorio (o algo parecido a ello). Incluso las mismas características técnicas: todas las paredes y volúmenes construidos en ese módulo de tela cruda para pintores donde medirme y medirnos.
Pep Agut