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La obra de Antoni Tàpies (Barcelona, 1923) ha tenido un papel fundamental en el arte y la cultura catalana de la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, a pesar de las numerosas exposiciones y publicaciones que se han dedicado al artista, su trabajo sigue siendo objeto de interpretaciones estereotipadas que acostumbran a vincularlo al mito romántico del creador de gesto espontáneo, adscrito, en este caso, a un misticismo orientalista de raíz simbolista.

Antoni Tàpies. Retrospectiva apostaba por devolver el mito a la historia. La exposición se proponía releer la obra de Tàpies partiendo de la exploración de su naturaleza material: una materia en continuo estado de movimiento y transformación, que nos remite al carácter performativo del acto pictórico y de su contemplación, a la vez que evoca la condición caduca y fragmentada del sujeto contemporáneo.

Se reunieron para la ocasión más de un centenar de obras –entre dibujos, pinturas y objetos-assemblage–, en la que fue la exposición de este artista más completa que se había realizado hasta la fecha.

Visto con la perspectiva que dan los años, tal vez podría decir que a mí me pasa como a aquellos escritores que en el fondo están siempre escribiendo el mismo libro. Con las posibles variaciones que haya sufrido mi trabajo a lo largo de mi dilatada carrera, considero toda mi producción como una única obra.

Antoni Tàpies, 1995

Esta retrospectiva de Antoni Tàpies (Barcelona, 1923) incluye más de un centenar de obras que datan desde los años cuarenta hasta la actualidad, y propone una exploración de la naturaleza material de la obra de Tàpies como principio fundamental para entender su influencia y su posición en la historia del arte contemporáneo. La trayectoria de Tàpies se caracteriza por su consistencia y unidad, pero al mismo tiempo refleja inflexiones que responden a las oscilaciones de diferentes paradigmas estéticos.

Tàpies es un artista situado a caballo entre dos momentos históricos y culturales distintos. Por un lado sus temas y obsesiones, enraizados en elementos cotidianos e incluso de desecho, están más cercanos a la generación que reaccionó contra el expresionimo abstracto; por otro, sus postulados estéticos entroncan básicamente con las corrientes existencialistas.

La exposición se inicia en los años cuarenta, con una selección de dibujos y autorretratos en los que ya se aprecian los aspectos temáticos y la manera en que Tàpies utilizaría los materiales en su época de madurez. Estos motivos –como los signos esotéricos y las caligrafías autorreferenciales, el paisaje, y el uso ambiguo del cuerpo y la sexualidad– surgen del contacto con los diversos primitivismos, como el arte infantil o el de los enfermos mentales; de las fotografías de graffitti de Brassaï, y también de la influencia surrealista de Joan Miró y Max Ernst, y de la obra de Paul Klee.

En aquellos años de su vida, para Tàpies fueron fundamentales las lecturas de autores como Jean-Paul Sartre, Henri Lefebvre y Karl Jung, las teorías científicas de Einstein y Plank –que ofrecen otra visión de la realidad–, los textos místicos de Ramón Llull y de la filosofía oriental, que le hacen entender su trabajo como un acto de percepción del mundo, en el que la materia es inseparable de la imagen representada. Su obra, cercana a los conceptos de lo bajo y lo sagrado expresados por Georges Bataille, expone la preocupación por la materia inerte, la decadencia, el cuerpo fragmentado y lo ritual.

A partir de 1954 Tàpies despoja su pintura de figuración aparente y trabaja en las denominadas "pinturas matéricas", caracterizadas por una ordenada composición y por superficies de texturas densas, en las que predominan el ocre, el gris, el marrón y que presentan un aspecto geológico o una apariencia de tapia. Estas obras suponen para Tàpies el descubrimiento de un nuevo lenguaje que le permite recrear un mundo en el que el objeto no puede existir separado de su propia materia y del sujeto. Lo fundamental en estos "muros" no son los aspectos plásticos derivados de las calidades de textura o los matices de color, ni el objeto representado, ni la grafía garabateada. Lo esencial son los elementos intencionales con los que el artista informa a la materia, las formas que esta adquiere, los signos impresos en ella, en obras como Blanc amb taques roges (1954) o Pintura núm. XXXV (1956). Lo que Tàpies pretende es que el espectador perciba la pintura como un evento, como una materia en estado de movimiento y cambio constante.

Si bien Tàpies había construido objetos desde los años cuarenta, como Capsa de cordills (1947) y Porta metàl·lica amb violí (1956), no fue hasta mediados de los sesenta cuando en sus pinturas los elementos de la realidad exterior adquirieron un carácter objectual más definido. La figura humana apareció de nuevo, pero lo hizo representando al hombre alienado, un antihéroe de posturas abyectas, de cuerpo fragmentado, como en Relleu gris sobre fusta (1965). En los años setenta –momento de la expansión del arte povera y de las manifestaciones posminimalistas y conceptuales, así como de un renovado interés por el objeto inducido por el neodadaísmo– las obras de Tàpies adoptaron tres dimensiones, como se aprecia, por ejemplo, en Taula de despatx amb palla (1970), Cadira coberta (1970) y Fusta plegada i vas (1970); en ellas aparecen también elementos cotidianos como las zapatillas o los colchones, junto con materiales frágiles o caducos que remiten a elementos autobiográficos.

Esta utilización de materiales humildes va acentuando gradualmente en la obra de Tàpies una intención social que expresa la angustia provocada por la opresión de la sociedad tardo-franquista, como ocurre en L'esperit català y 7 de novembre, ambas de 1971. En palabras del artista: "La situación social y política de mi país ha tenido siempre una repercusión importante en mi obra. Creo que esto tiene que ver con el hecho de que la concepción del arte por el arte no me resulta válida. Siempre he mantenido ante el arte una actitud utilitaria." Esta utilidad social del arte proviene, para Tàpies, de la posibilidad de introspección y de contemplación profunda que contiene la obra de arte. El artista adquiere el papel del mago, cuya función consiste en recuperar el ritual y devolverle a la obra de arte su capacidad modifica-dora de la conciencia.

La obra de Antoni Tàpies en las últimas décadas responde a la nueva situación política y cultural de la España democrática. Artista ampliamente reconocido, se enfrenta a la propia historio-grafía de su pintura, utilizando grandes formatos y materiales como el barniz, con los que trata de tensar las constricciones propias de ese lenguaje descubierto en las pinturas matéricas. El uso del barniz determina una composición más fluida y asimétrica, con predominio de lo informe, del gesto, la mancha y la transparencia, y va acompañado de un renovado interés en su pintura por las tradiciones del arte y la cultura orientales. La transformación de la materia, el paso del tiempo y la presencia de la muerte, como ocurre en Rèquiem (1995), sintetizan una temática que se ha mantenido constante desde sus inicios.

Comisario: Manuel J. Borja-Villel
Co-Producción: Museu d'Art Contemporani de Barcelona (MACBA) - Ministerio de Asuntos Exteriores - Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior (SEACEX)

Artista

Antoni Tàpies
Exposición coproducida con:
MAE
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Patrocinador:
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Patrocinador de comunicación:
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Con la colaboración de:
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Itinerancias

04 JUN. - 19 SEP. 2004 Patio Herreriano de Valladolid
26 NOV. 2004 - 15 FEB. 2005 Museo de Arte de Zapopán (México)
29 MAR. - 29 MAYO 2005 Hara Museum of Contemporary Art (Japón)
30 SEP. - 02 NOV. 2005 Singapore Art Museum


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