El programa de la octava edición del PEI se organiza en torno a cuatro trimestres con una estructura mensual de tres semanas de docencia y una de investigación personal. El programa empieza el 14 de septiembre de 2021 y acaba el 30 de septiembre de 2022 con la presentación de las investigaciones de las estudiantes. No hay docencia el mes de diciembre de 2021 ni a partir de la segunda semana de julio de 2022. Además de las clases lectivas y los talleres, el programa cuenta con un programa abierto en forma de seminarios internacionales, cursos monográficos y conferencias, en los que el grupo de participantes entra en contacto con otros agentes de la ciudad.

¿Qué puede el arte con relación a la crisis ecosocial? es una de las preguntas fundamentales que moviliza esta edición del PEI. La realidad actual demanda un compromiso con alianzas renovadas entre el arte, las experimentaciones institucionales y las nuevas formas de activismo en las luchas por la justicia social y ambiental. En este sentido, se propone repensar la práctica artística desde la ecología política, así como reescribir las genealogías del arte desde posiciones feministas para interrogarse sobre la potencia del arte con relación a la transformación del mundo existente, y también en la configuración de nuevas subjetividades y la reorientación del deseo. En este contexto, ¿qué pensamiento utópico activa el arte?, ¿cómo conectar deseos, límites y utopía?

Cualquier práctica institucional situada y políticamente comprometida que supere el relato formalista de la historia del arte y las delimitaciones disciplinarias de la modernidad ha de incorporar los movimientos sociales como instigadores de la creación artística (y el trabajo institucional): desde las luchas por los derechos civiles, la liberación sexual, las luchas de sensibilización del sida o los movimientos ecologistas, pacifistas o de descolonización hasta las más recientes movilizaciones del Black Lives Matter.

¿Cómo entrenar una imaginación no sometida a la normatividad de lo establecido? No hay imaginación que no sea política. El individualismo nos ha hecho creer que ser imaginativo es una característica propia de cada uno, incluso un don, una gracia o un talento que algunos tienen y otros no. Pero la imaginación no es un don, es una práctica que se aprende: es la práctica de hacer presente lo ausente. Es la composición libre pero no arbitraria de las perspectivas sobre el mundo. Se trata del poder de dar la más alta realidad posible a pensamientos, acciones o personas que no son ni nuestros ni nos resultan cercanos. La condición para poder hacerlo es reconocer que no nos conoceremos nunca lo suficiente a nosotros mismos como para podernos basar en una identidad que nos prescriba nuestra conducta. Así, la imaginación, como fuerza ética y política, se deriva de un no saber, de un no conocernos lo bastante que nos abre a la existencia y a la perspectiva de los otros. De otros presentes, pero también de aquellos que ya han existido o están por venir. Por todo ello, trabajaremos a partir de preguntas como: ¿qué tensiones se dan entre la fantasía y la imaginación?, ¿cómo conectar deseos, límites y utopía?, ¿cómo ser cuerpos que imaginan?, ¿cómo queremos ser educados?

¿Qué es poner la vida en el centro? La idea hegemónica de Progreso se ha construido sobre la fantasía del despegue prometeico de la naturaleza y de los cuerpos. La negación de nuestra condición de seres de la Tierra, vulnerables, y uno a uno finitos, es solo una gran ilusión que termina modificando irreversiblemente el ambiente del que depende su propia supervivencia. Después de aplicar durante décadas a la naturaleza viva la lógica de las cosas muertas, llegamos a la emergencia civilizatoria: calentamiento global, pérdida de biodiversidad, superación de la biocapacidad de la Tierra, contaminación de suelos, aire y agua, zoonosis, proliferación de enfermedades, pandemias, desigualdades, explotación, expulsiones… Ya no se puede mirar hacia otro lado. Se produce un encontronazo entre lo geopolítico y lo geofísico. Gaia emerge como sujeto histórico, sin consciencia, pero con agencia. La justicia, el derecho o la cultura ya no se pueden pensar sin tener en cuenta la intrusión de Gaia.

Enfrentar la crisis ecosocial va a exigir superar la fantasía de la individualidad y estimular una imaginación bien asentada en la Tierra, los cuerpos y sus necesidades. Una imaginación que nos permita mirar el capitalismo desde fuera, aunque estemos dentro. Este «afuera» puede ser Gaia, como un punto excéntrico desde el que torcer el brazo del dinero. ¿Qué pedagogías, racionalidades y emociones favorecen relaciones simbióticas centradas en la suficiencia y el reparto, que hagan de lo común y el cuidado un principio político?