Realizada cuando Aurèlia Muñoz ya era reconocida como gran renovadora de la vanguardia textil, Concha abierta, de 1976, concentra buena parte del lenguaje creativo de la artista. Esta concha desplegada forma parte de un grupo de obras de pequeño formato de mediados de los años setenta que muestra muy bien la manera de operar de Muñoz. El crítico José Corredor-Matheos lo describía así en 1983: «A primera vista se trata de crear una espiral que tiene siempre una doble significación de búsqueda y de alejamiento del centro. El espacio surge en el desarrollo del núcleo de materia que hay que concebir inicialmente, tal y como vemos de manera muy clara y concisa en las obras de pequeño formato presentadas en cajas de plexiglás.» Son piezas imbricadas en dinámicas de crecimiento, como anuncian sus títulos (Redes vegetales, Ensayo/estructura arbórea o Concha abierta), con arborescencias, simetrías y lluvias o cascadas, como en esta obra. Si bien le servían de experimentos para tomar decisiones respecto a las obras de gran escala, constituyen un hito en sí mismas.
A partir del macramé y de antiguas técnicas de elaboración de nudos, Aurèlia Muñoz construye formas escultóricas y prototipos de seres que se expanden en el espacio, explorando el lenguaje de la abstracción y convocando un universo metamórfico y ecopoético. Concha abierta es un ejemplo de ello. Con el tejido como vórtice de reflexión, la artista no solo anuda y compacta las fibras, sino que las va acompañando como si de un organismo en desarrollo se tratara. Esas formas no emergen de repente en el espacio, sino que lo hacen paulatinamente, en el tiempo, mediante el ritmo y un proceso de crecimiento que permite advertir el campo de afinidades cósmicas y generativas entre los seres tejidos y los seres vivos.
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