Un siglo breve: Colección MACBA
Exposición
Del 5 de octubre de 2018 al 1 de noviembre de 2022

Un siglo breve: Colección MACBA

Comisariada por el equipo curatorial del MACBA, Un siglo breve: Colección MACBA presenta obras destacadas en un relato permanente actualizado de forma periódica. A través de un recorrido cronológico desde 1929 hasta el presente, se hace hincapié en las miradas particulares que la Colección ha desarrollado desde sus inicios. Se trata de una historia narrada desde la perspectiva de Barcelona y su contexto inmediato. En 1929 Barcelona acogió la Exposición Universal, con el Pabellón Alemán o Pabellón Barcelona diseñado por Mies van der Rohe y Lilly Reich, y se fundó el GATCPAC (Grupo de Arquitectos y Técnicos Catalanes para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea) impulsado por Josep Lluís Sert y Josep Torres Clavé. Ese mismo año, André Breton escribió en París el Segundo manifiesto surrealista y un grupo de artistas abstractos liderados por Joaquín Torres-García y Michel Seuphor fundó Cercle et Carré. Fue también el año en que Virginia Woolf publicó su ensayo feminista Una habitación propia y en que se inauguró el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York.

Desde entonces, a lo largo de esas nueve décadas, se han ido sucediendo experiencias cambiantes del arte, como se recoge en esta exposición. Recorriendo algunos de los momentos más significativos de este trayecto, los distintos ámbitos ponen de relieve la singularidad de la Colección MACBA. Desde la transformación de Barcelona en los años treinta y su compromiso con la modernidad, hasta la implicación del arte en la Guerra Civil española, con artistas de la Bauhaus como Anni Albers, que visitó la ciudad, además de Alexander Calder, Le Corbusier, Joaquín Torres-García o Alberto.

Se muestran los primeros intentos de recuperación cultural durante la posguerra y la eclosión internacional de las revoluciones sociales y políticas de los años sesenta, con artistas como Erró, Richard Hamilton, Herminio Molero, Ronald Nameth, Claes Oldenburg o Evru/Zush. El pacifismo, el feminismo, el hippismo y otras propuestas de revolución social hallaron su expresión artística en el pop, la psicodelia y el acid pop, como se refleja ampliamente en la exposición.

Mientras se negociaba el legado del minimalismo, representado con obras de Rosemarie Castoro, Hans Haacke y Sol LeWitt, junto con los catalanes Àngels Ribé y Robert Llimós, el feminismo y las políticas de identidad impactaban en el arte de los años setenta y ochenta. Esta nueva perspectiva social se explica a través de obras fundamentales como las de Jo Spence, Jenny Holzer o Jean-Michel Basquiat. Ya en los noventa, el arte se adentró en temas como la memoria, la corporalidad y la crítica al neoliberalismo global.

Las últimas salas se centran en el arte de finales de los años noventa y la primera década de los dos mil, que profundiza y radicaliza su crítica a la globalización y al neoliberalismo, y también en un arte de acción más performativo y colaborativo que evidencia el malestar contemporáneo. Durante el transcurso de la exposición, se irán actualizando sus contenidos para enriquecer los matices de la muestra y poner en valor la pluralidad de encajes de la Colección MACBA. Por otro lado, hay diversas publicaciones que también desde el MACBA ayudan a entender la evolución de la Colección, como se va consolidando y el porqué de los recorridos que se trazan con las obras.

Desde su inauguración en 2018 y hasta el 29 de marzo de 2022, la exposición se tituló Un siglo breve: Colección MACBA; a partir de esta fecha y hasta su cierre pasó a denominarse Colección MACBA.

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Del 5 de octubre de 2018 al 1 de noviembre de 2022
localización
Edifici Meier
título
Un siglo breve: Colección MACBA
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Del 5 de octubre de 2018 al 1 de noviembre de 2022
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Un siglo breve: Colección MACBA
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Un siglo breve: Colección MACBA
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Las primeras décadas del siglo XX fueron testimonio de una ruptura con las formas de arte establecidas y de una profunda transformación en el campo de la reflexión estética. La idea de una vanguardia artística, sumada a valores como la novedad y la originalidad, condujeron a una experimentación radical con materiales y formas. Entre las principales tendencias de la vanguardia destacaban las que intentaban construir lenguajes artísticos entorno de lo universal y lo utópico a partir de un enfoque analítico de las formas. En este contexto de tensión entre tradición y radicalismo, tuvo lugar en Barcelona la Exposición Internacional de 1929, que conllevó una importante transformación urbana en la ciudad y la proyectó al mundo como capital turística. El evento respondía al deseo de conectar con nuevos desarrollos técnicos y con los lenguajes artísticos y arquitectónicos de la vanguardia internacional. En paralelo, el país vivía una profunda renovación pedagógica que promovía la educación laica y racional como factor de progreso social y de modernidad. En aquest context de tensió entre tradició i radicalisme, va tenir lloc a Barcelona l’Exposició Internacional de 1929, que va comportar una transformació urbana molt important a la ciutat i la va projectar al món com a capital turística. L’esdeveniment responia al desig de connectar amb nous desenvolupaments tècnics i amb els llenguatges artístics i arquitectònics de l’avantguarda internacional. En paral·lel, al país es vivia una profunda renovació pedagògica que promovia l’educació laica i racional com un factor de progrés social i de modernitat.

La guerra civil española (1936-1939) fue también una guerra de imágenes. Artistas y cineastas se implicaron, a través de sus respectivos medios de expresión, en la difusión de las distintas ideologías políticas en juego. En el territorio fiel al Gobierno de la República, tuvo especial relevancia el diseño de carteles. En ellos, se utilizaron los lenguajes visuales y tipográficos más avanzados de la vanguardia internacional para comunicar mensajes con claridad a un público de masas. En el ámbito cinematográfico, fue fundamental la aportación realizada por el movimiento anarquista a través del Sindicato Unificado de Espectáculos Públicos de la CNT, con la producción de películas que trataban temas como las colectivizaciones revolucionarias en la agricultura o el papel de las milicias populares en la resistencia antifascista. La implicación de los artistas en el Pabellón de la República en la Exposición Internacional de París de 1937 es un ejemplo del uso del arte para internacionalizar el conflicto y conseguir apoyos a la causa.

Durante los años que siguieron a la Guerra Civil y tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, los artistas exploraron formas divergentes de abstracción. Articuladas a menudo como una confrontación entre la abstracción geométrica y el arte concreto, por una parte, y una abstracción que exploraba la materia y la estética informalista, por otra, estas dos tendencias principales experimentaron también distintos grados de proximidad. Pese a que algunas vertientes posteriores de arte concreto siguieron la senda de la abstracción utópica abierta por la vanguardia internacional, empezaron a surgir en la práctica artística elementos de organicidad, biomorfismo y gesto. De modo similar, pueden detectarse ejemplos de formas geométricas en la abstracción más material. Ambas tendencias, asociadas a un resurgimiento de la burguesía y al mismo tiempo como oposición a la misma, pueden entenderse como un medio para abordar la creación artística tras la traumática experiencia de la guerra y la violencia. No se trataba, necesariamente, de un modo de soslayar las consecuencias del conflicto, sino de herramientas para examinar, aunque fuese indirectamente, la naturaleza de la humanidad.

Las revoluciones sociales y políticas que se produjeron, en el ámbito internacional, en la década de 1960, fueron el detonante de un sentimiento de oposición al poder y propiciaron el antibelicismo, el feminismo, el hippismo, el ecologismo y otros movimientos sociales que pregonaban una nueva y revolucionaria forma de vivir. Los cambios perseguidos se centraban en las libertades –incluida la liberación sexual que contrarrestaba la opresiva moral tradicional centrada en la familia–, el enfrentamiento con el poder y el contrapoder de la juventud, universitaria y desafiante. En 1969, Theodore Roszak definió el término y los valores de la «contracultura» en su libro El nacimiento de una contracultura. El precedente de esta revolución, decisiva en la aparición del movimiento hippie, fue la generación beat a la que pertenecían los escritores Allen Ginsberg, Jack Kerouac y William S. Burroughs. La contracultura dio lugar a dos corrientes artísticas interrelacionadas: el arte pop y la psicodelia. Sin embargo, mientras que el arte pop manifestaba entusiasmo por el presente y se recreaba en la cotidianeidad y el espectáculo, la psicodelia mostraba su rechazo a la realidad y proponía huir de ella modificando su percepción.

En esta sala se examinan las décadas de 1960 y 1970 a través del lenguaje del minimalismo, intentando presentar este movimiento en toda su complejidad. Como reacción a la abstracción gestual, el minimalismo buscó una forma pura de arte abstracto, deudora del constructivismo de principios del siglo XX. Se caracterizó por un uso altamente simplificado o económico de la geometría y por su proximidad a la producción industrial seriada. Más allá de sus cualidades puramente formales, se suponía que carecía de contenido. Sin embargo, pese a estar involucrados o influenciados por el minimalismo, algunos artistas utilizaron esta estética para criticar su neutralidad y restituir un contenido social y político a la forma. Aunque aquí pueden verse ejemplos clásicos del arte minimalista, también se han incluido obras fronterizas en las que el minimalismo se entremezcla con elementos del arte feminista, conceptual, procesual y performativo. De este modo se obtiene una imagen más compleja de la interacción que se produjo en aquella época entre distintas prioridades estéticas y rivalidades de intereses, que sirve de contrapunto a la lectura canónica o rígida del arte minimalista.

A finales de los años sesenta y durante los setenta se produjo la eclosión de una nueva era de feminismo radical y activismo feminista, en un marco más amplio de contracultura o movimientos antisistema, que adoptó distintas formas por todo el mundo. Esta lucha feminista se encuentra en la base de la obra de multitud de mujeres artistas, o incluso en un contexto social determinado. Muchas de ellas recurrieron a la cosificación de la mujer en el arte más convencional y en los medios de comunicación, así como a la creación y difusión de estereotipos femeninos por parte de la publicidad, para denunciar el rol subalterno de la mujer en la sociedad. De modo similar, a menudo utilizaron el cuerpo (a través de la sexualidad, la maternidad y el atractivo físico), el espacio (como el ámbito doméstico), el lenguaje, los objetos, atributos y colores asociados con la feminidad o considerados «femeninos» exacerbando sus connotaciones peyorativas, un recurso deliberadamente irónico para deconstruir y dinamitar esas asociaciones. Algunas artistas fueron más lejos y criticaron estereotipos de género más amplios.

Arte y activismo estrecharon su relación en los ochenta. Los artistas crearon obras radicalmente vinculadas a la calle o a cualquier dominio fuera del estudio, expresándose a través del grafiti, el cómic o la pegada de carteles sin permiso. En paralelo al avance del feminismo, el antirracismo, los derechos de gais y lesbianas y las políticas de la identidad, se desarrollaron formas artísticas y de activismo que abordaban cuestiones concretas como la crisis del sida. Otros aspectos que fueron blanco de las críticas del arte activista fueron la expansión del neoliberalismo, las políticas económicas de libre mercado y las intervenciones neocoloniales. La cultura popular y el culto a las celebridades también ejerció una enorme fascinación sobre los artistas, impactados por la creación de nuevos formatos como el videoclip y la cadena MTV, así como por la producción de fanzines, un medio de expresión informal asociado a las subculturas que permitía cortocircuitar la cultura del establishment. El arte, junto con la moda y el diseño gráfico, pasó a estar dominado por nuevos colores sintéticos, intensos y fluorescentes.

El legado de los comportamientos artísticos experimentales iniciados en los años sesenta y setenta se mantuvo en los ochenta y noventa. Mientras se vivía la euforia de la democracia y en paralelo a un retorno de la pintura, el arte de concepto entró en los grandes equipamientos culturales y en los nuevos museos creados en aquellos años. Los artistas revisaban la propia noción de arte y retomaban el objeto pobre para convertirlo en elemento de reflexión estética y metafísica: la idea del doble, el reflejo, el tiempo, los elementos de presentación del arte.

También en los ochenta y los noventa el compromiso social y político siguió estando presente en gran parte de las prácticas artísticas. La denuncia de cualquier forma de violencia, la guerra y el colapso del diálogo, además de las formas de abuso social ejercidas en diferentes partes del planeta, centraron el interés de artistas con una trayectoria ya consolidada. En esta línea de trabajo, Francesc Torres se sirve de imágenes mediáticas y objetos de la sociedad de consumo para desactivar códigos ideológicos no siempre explícitos. El artista impulsa, desde el arte, un pensamiento colectivo, efectivamente crítico, que pone en evidencia paralelismos irrefutables, como en su Siegesallee o Avinguda de la Victòria, o interviene páginas de conocidas revistas como el histórico Newsweek.

Aparte del propio cuerpo como materia de experimentación, la interacción con la naturaleza es otro de los ejes que articulan las propuestas de Francesc Abad. Una noción de naturaleza entendida en un sentido amplio y vinculada a las idees de cultura, civilización y barbarie, así como al pasado y al presente de Europa. Presentada en Metrònom en 1989, Europa arqueologia de rescat es una instalación que convoca todos esos conceptos. Al igual que en otros proyectos del artista, la fragilidad de la memoria, la presencia del documento y el arte entendido como una forma de conocimiento colectivo se encuentran en la base de la propuesta. En este caso, a partir del hallazgo por parte de Abad de una cueva en una zona boscosa de la Serra de l’Obac, cerca de Terrassa, su ciudad natal. La cueva, que estuvo habitada por humanos, conduce al artista a inventar un posible alfabeto de signos que remiten al origen de la escritura y unos hitos que evocan les primeras indicaciones de solsticios y otras medidas del tiempo, con un significado asimismo claramente sexual. Un viaje a un tiempo primigenio que vinculaba alfabeto, calendario, ritualidad mágica y sexualidad.
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