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El paso del siglo XX al siglo XXI ha dejado marcas profundas en la configuración del mundo y, en consecuencia, en cómo podemos representarlo. La consolidación de la globalización económica, la caída del muro de Berlín, el desmembramiento de la Unión Soviética y la aparición de nuevas entidades políticas en Europa supusieron un rediseño de fronteras, capitalidades, centros y periferias: nuevos mundos dentro del viejo mundo. La destrucción de las Torres Gemelas en Nueva York el 11 de septiembre del año 2001 significó el auténtico fin del siglo XX, denominado hasta hace muy poco tiempo «el siglo de la imagen».

En este contexto de cambio de era, a mediados de la década de 1990 se inicia el trabajo de Sigalit Landau, autora de una obra escultórica en la que aborda la gestión de símbolos, imágenes y narraciones propias de su condición histórica, personal y cultural.

La danza fenicia de la arena extrae su título de la presencia casi constante de la arena, la playa y el mar, como topos de ejecución de los rituales performativos que constituyen el núcleo de la obra videográfica de Landau. Esta exposición se centra, por primera vez, en este medio, en el que Landau hace escultura con cuerpos vivos y objetos que interactúan entre sí. Las esculturas en vídeo de Landau condensan un tiempo en el que las acciones parecen no tener ni principio ni fin. No son narrativas sino descriptivas: narran la ausencia de progreso y mejora, describen la necesidad del otro, ya sea en el juego, en la supervivencia o en el conflicto.

Exposición organizada y producida por el Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA). Comisariada por Bartomeu Marí.

La exposición reúne obras realizadas desde finales de la década de 1990 hasta hoy. En su punto de partida se encuentra Three Men Hula (1999), en la que un intento de cooperación y ayuda mutua da lugar a una imagen casi grotesca y absurda. Esta obra puede considerarse un precedente «masculinizado» de la icónica Barbed Hula (2000), que resume la fina línea que separa el juego de la tortura.

Entre los años 2005 y 2011, Landau realizó una serie de trabajos que tienen como protagonistas un escenario concreto, la playa, y la acción de las olas. Dancing for Maya (2005), Phoenician Sand Dance (2005), Mermaids [Erasing the Border of Azkelon] (2011) y Azkelon (2011) muestran coreografías supuestamente inocentes de jóvenes cuerpos que actúan sobre la arena. Las cuatro obras están filmadas, fundamentalmente, a vista de pájaro. Dancing for Maya reinterpreta un mito de Sísifo femenino en torno al juego de la escritura en la arena. Dos figuras que ejecutan gestos similares y complementarios tejen una trenza infinita que las olas irán borrando poco a poco. Phoenician Sand Dance es una suerte de «behind the scenes» de la anterior; en ella la claridad de la acción vista desde la altura se convierte en un enigmático ritual de caricia-desgarro de la playa y en una protolucha entre cuerpos y arena que se repite y retorna constantemente a sí misma. Mermaids [Erasing the Border of Azkelon] desarrolla una idea similar para llevar la supuesta inocencia del juego hacia una imagen de invasión, de desgarro, casi violenta. Azkelon es probablemente la pieza más inquietante de este grupo: tres jóvenes «danzan» el juego del cuchillo, inocente y amenazante al mismo tiempo, trazando, violando y borrando fronteras. Azkelon es un neologismo, contracción de los nombres de Gaza (Azzah en hebreo) y Ashkelon, ciudades que comparten una playa pero se hallan separadas por la frontera.

Desde el año 2005 Landau ha realizado una serie de esculturas que consisten en objetos sumergidos durante un cierto tiempo en el agua del Mar Muerto. La alta concentración de sal en esas aguas hace que, en verano, la evaporación condense capas de cristales de sodio en torno a esos objetos, que han dado lugar a numerosas instalaciones de la artista. Salted Lake (2011) nos muestra una acción de la naturaleza –la única no provocada por acto humano– con fuertes reminiscencias de la conciencia histórica moderna de los judíos. Un par de botas envueltas en cristales de sal descansan sobre un lago helado, en medio de un paisaje nevado. En el horizonte, un paisaje industrial, casi inmóvil y silencioso. El crujido del hielo se va acrecentando a medida que la sal de las botas va fundiendo la capa de hielo que las sustenta, hasta que, al quebrarse, estas se hunden en el agua y desparecen. La obra se filmó en las inmediaciones de la ciudad polaca de Gdansk y en esta ocasión se presenta acompañada de otro trabajo realizado con zapatos recubiertos de sal, Worcester (2014). Los pares de zapatos sin dueño proporcionan una imagen reminiscente del Holocausto.

Mostrada por primera vez en el Pabellón Israelí en la 54ª edición de la Bienal de Venecia, Yotam (2014) consiste en un circuito cerrado de tuberías que se asemejan al sistema venoso o digestivo del edificio. La obra da carácter orgánico a un elemento esencialmente inerte y nos sitúa dentro de un entorno vivo, en movimiento, por el que transita un fluido vital. Este es el trabajo de Landau que mejor muestra los intereses de la artista por la biopolítica, la disciplina que convierte lo vivo, lo orgánico, los fluidos y el cuerpo en terreno de disputa política entre poder e individuo. La obra reproduce una imagen típica de las calles de Tel Aviv, en cuyas aceras y fachadas podemos ver conjuntos de tuberías expuestas como si fueran las venas o intestinos de los edificios en ruinas de la Bauhaus.

Una de las esculturas en la exposición, Salt Bridge Summit (2011), nos sitúa ante una mesa de convenciones donde encontramos doce ordenadores en cuyas pantallas apreciamos la evolución de una niña que, inocentemente, va atando entre sí los cordones de los zapatos de los asistentes a esa reunión. Cuando los miembros de la reunión se dan cuenta, se quitan los zapatos y abandonan la mesa, descalzos, como desposeídos o como prisioneros de guerra. Esta instalación utiliza una banda sonora que consiste en adaptaciones de discusiones mantenidas por la artista con personas implicadas en cuestiones comerciales, técnicas y culturales relacionadas con el proyecto de Landau de construir un puente de sal entre las dos orillas del Mar Muerto, la israelí y la jordana. La obra está acompañada por Oh My Friends, There Are No Friends (2011), una escultura que recrea, en bronce, los zapatos cuyos cordones la niña ha atado.

Mientras prosiguen las negociaciones, antes de abandonarse, un Anticristo femenino aparece en Standing on a Watermelon in the Dead Sea (2005), una obra filmada bajo el nivel del agua en la que la artista, de pie sobre una sandía sumergida en el mar, intenta no perder el equilibrio. Sus movimientos se asemejan a los de un pájaro arcaico, con el rostro deformado como una Medusa o un David erguido sobre la cabeza de Goliat. El dulce fruto y la figura suspendidos en la solución salina representan una fisicidad extrema que solo puede encontrarse en este gran valle tectónico. En la Capella MACBA, esta imagen parece otorgar al videoarte del siglo XX el papel que, en las iglesias y capillas, tenían los espectaculares vitrales que narraban la historia sagrada.

Inocencia y brutalidad, juego y dominación, naturaleza amenazante y artificio protector, las obras de Landau nos sitúan en una posición ambivalente, de repulsión y de atracción a la vez. La cultura judeocristiana es dicotómica por excelencia: cada elemento tiene su contrario y la virtud se encuentra en el equilibrio entre dos extremos. Landau, sin embargo, es la artista de los extremos. Como afirma Tali Tamir en Collective Digestion and Table Manners (2007), «una artista que atraviesa los límites de lo posible en sus estudios de los márgenes de materialidad y sociedad; que sigue lo que es inexorablemente orgánico, la podredumbre, lo que no es registrable y lo desconocido; que ha llegado hasta el Mar Muerto y se ha sumergido en sus aguas, observa la sociedad posmoderna y la ciudad multicultural y multicanal, y a partir de ahí genera una visión apocalíptica del deceso.»

La playa era el centro de operaciones de la economía comercial de los fenicios, la cultura que desarrolló, por primera vez en la historia, la globalización en sus métodos de producción y transporte de este a oeste y de norte a sur del Mediterráneo, hasta que la máquina de guerra romana borró a los fenicios de la historia. La sombra de la cultura fenicia sirve también de mapa en el que inscribir una nueva lectura de nuestra posición en la cultura moderna hoy, situados en la periferia de Europa pero sin compartir realmente todavía vecindarios geográficos que producen miedo y rechazo a la invasión del otro.

Con la colaboración de:
Fundación Almayuda; embajada de Israel; AICL
Medios colaboradores:
Catalunya Ràdio
TV3 - Televisió de Catalunya

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Imágenes

Sigalit Landau "Salted Lake", 2011
Vistas de la exposición "Sigalit Landau. La danza fenicia de la arena", 2015 Foto: La Fotogràfica
Vistas de la exposición "Sigalit Landau. La danza fenicia de la arena", 2015 Foto: La Fotogràfica
 Vistas de la exposición 'Sigalit Landau. La danza fenicia de la arena', 2015. Foto: La Fotogràfica
 Vistas de la exposición 'Sigalit Landau. La danza fenicia de la arena', 2015. Foto: La Fotogràfica
Vistas de la exposición 'Sigalit Landau. La danza fenicia de la arena', 2015. Foto: La Fotogràfica
 Vistas de la exposición 'Sigalit Landau. La danza fenicia de la arena', 2015. Foto: La Fotogràfica
 Vistas de la exposición 'Sigalit Landau. La danza fenicia de la arena', 2015. Foto: La Fotogràfica
Vistas de la exposición 'Sigalit Landau. La danza fenicia de la arena', 2015. Foto: La Fotogràfica
 Vistas de la exposición 'Sigalit Landau. La danza fenicia de la arena', 2015. Foto: La Fotogràfica
 Vistas de la exposición 'Sigalit Landau. La danza fenicia de la arena', 2015. Foto: La Fotogràfica
Vistas de la exposición 'Sigalit Landau. La danza fenicia de la arena', 2015. Foto: La Fotogràfica
 Vistas de la exposición 'Sigalit Landau. La danza fenicia de la arena', 2015. Foto: La Fotogràfica

Audios

Visita comentada a la exposición 'Sigalit Landau. La danza fenicia de la arena' (en inglés)
Son[i]a #202 Sigalit Landau
22.01.2015

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Yo pinto como si fuera andando por la calle. Recojo una perla o un mendrugo de pan; es eso lo que doy, lo que recojo
Joan Miró