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Robert Frank (Zúrich, 1924) es uno de los fotógrafos contemporáneos más influyentes de la segunda mitad del siglo XX. Para la exposición del MACBA se seleccionaron unas 270 piezas –entre fotografías, fotomontajes, películas, vídeos y libros de artista– que ponían el acento en el carácter narrativo y secuencial de su obra. La sensación de aislamiento propia de la instantaneidad de la imagen fotográfica siempre frustró las expectativas creativas de Robert Frank, que miraba “el mundo desde un punto de vista cinematográfico, pero con los ojos de un poeta”, en palabras de Vicent Todolí, comisario de la exposición.

Series fotográficas como las de Perú (1948), París (1949-1952), Londres (1951-1953), Gales (1953) o Detroit (1955), así como el mítico libro The Americans (1953), y películas como Pull My Daisy (1960) y Conversations in Vermont (1969) dan buena muestra de ese estilo inmediato, de carácter secuencial, que imprime poesía a lo cotidiano y se lanza a la experimentación formal en busca de nuevos e inesperados significados.

Durante la década de los sesenta, Robert Frank abandonó temporalmente la fotografía para dedicarse al cine. La exposición se complementó con un ciclo de sus películas, la mayoría desconocidas en nuestro país.

Robert Frank, uno de los fotógrafos contemporáneos cuya particular mirada sobre la vida cotidiana revolucionó el lenguaje fotográfico de la posguerra, ha cuestionado y reinventado continuamente a lo largo de su trayectoria los límites de la imagen. Esta exposición muestra el viaje creativo de este artista desde los años cuarenta hasta la actualidad, a través de más de doscientas setenta obras, algunas nunca expuestas en Europa. En ella se recorre su trayectoria desde la observación social de sus primeras obras, tomadas con una cámara de mano, a su faceta como cineasta, sus trabajos en vídeo, en Polaroid, los fotomontajes y sus últimas obras de fotografía digital.

Nacido en Suiza, Robert Frank (Zúrich, 1924) creció en un ambiente de calma relativa durante el caos económico y político de la Segunda Guerra Mundial. Formado durante el auge de la Nueva Fotografía —de la que hereda una factura técnica impecable, y que le inicia en la tradición comercial y en el fotoperiodismo—, pronto se identifica con la escuela suiza (Kollegium Schweizerischer Photographen) y con postulados de la Bauhaus, con quienes compartía su interés por ahondar en la poesía de lo cotidiano y por la experimentación formal. De hecho su primer portafolio, 40 Fotos, que llevará como carta de presentación a Estados Unidos, ya contenía aspectos de su obra que han ejercido una gran influencia en generaciones de artistas posteriores. Entre ellos se encuentran la sensación de inmediatez y de énfasis en el punto de mira del fotógrafo, los sistemas de secuenciación y la búsqueda de significados inesperados a través de la yuxtaposición de objetos, enfatizando las relaciones entre imágenes como manera de contrastar ideas y sensaciones.

En 1947 Frank emigró a Nueva York, donde trabajó como fotógrafo de moda para revistas como Harper’s Bazaar. Sin embargo, la necesidad de experimentar libremente su proceso creativo le llevó a viajar durante los seis años siguientes por Sudamérica y Europa. Frank viajó por Perú y Bolivia con su Leica, elemento esencial en el desarrollo de su estilo, fotografiando áreas rurales, momentos banales, variaciones sobre un mismo tema a modo de diario, resaltando la fragmentación y naturaleza personal de sus fotos. Su mirada, que desarrollaría en su trabajo posterior, se aleja de la visión normativa del fotoperiodismo. Sus fotos no documentan la esencia de una cultura, no hay sentido de totalidad. No remiten a un espacio o tiempo específico; por el contrario, sugieren que la realidad o cualquier verdad básica no debe discernirse a través de un ejercicio de racionalidad o lógica, sino a través de un proceso de percepción intuitiva.

De regreso a Europa Frank abandonó la idea de crear una obra de arte individual, que le parecía insuficiente para captar la complejidad de la realidad, y comenzó a trabajar en series, trazando patrones visuales y resonancias entre cada imagen sucesiva, renunciando a la narración lineal. Esto ocurre en Black, White and Things, (1952), un libro artesanal estructurado en tres apartados que aluden a los colores del deseo y la desesperación y a la gama de emociones entre ambos extremos. La serie de Londres (1952-1953), que retrata los grandes contrastes del sistema de clases inglés, y la de Gales (1953), en la que acompaña en su vida diaria al minero Ben James, presentan obras de una profunda observación social. En París Frank trabajó con la intención de captar la vida cotidiana, las esperanzas y la ansiedad de una ciudad que se estaba recuperando de la guerra a través de imágenes que recogen los múltiples significados del uso de las flores en esa ciudad. Dichas imágenes, al igual que las realizadas en España, funcionan como un poema, reclamando al espectador múltiples lecturas.

En 1953 Frank regresó a Nueva York, donde se encontró con una joven generación beat de artistas, escritores y músicos que empezaban a cuestionarse los valores culturales imperantes en la clase media americana. En 1958 publicó, gracias a una beca Guggenheim, su controvertido libro The Americans, resultado de la selección de 83 fotografías de las más de 28.000 tomadas a lo largo de Estados Unidos durante más de dos años. Su intención era documentar “la clase de civilización nacida aquí y extendida a todas partes” desde el desapego y la frescura de una mirada extranjera; sin embargo, el eco que produjo esta publicación —una de las más influyentes de los últimos cincuenta años— convertiría esta mirada en esencia de la cultura y el espíritu americano. Si bien se trata de imágenes de factura extremadamente libre y espontánea, Frank identifica y sistematiza previamente los temas que le permitirán la descripción crítica de esa otra América de los cincuenta, de la que revela el patriotismo y la política, la riqueza y la pobreza, la violencia y el racismo, así como la vida cotidiana y de ocio, la alienación o la fuerza de las subculturas. El libro se publicó en una edición francesa (1958) y otra estadounidense (1959). La primera incluía citas de escritores que subrayaban las observaciones de Frank sobre las divisiones raciales y sociales, mientras que la segunda, con introducción del novelista beatnik Jack Kerouac, recibió críticas sumamente hostiles censurando la espontaneidad de las tomas de Frank y su visión desilusionada de Estados Unidos. La exposición muestra el libro juntamente con pruebas de contacto ampliadas, ordenadas a modo de secuencias fílmicas, permitiendo conocer su proceso creativo y su deseo de combinar auto-biografía, emoción y crudo realismo.

Durante esta época americana Frank trabajo en otras series o encargos, como las fotografías del complejo industrial de Ford en Detroit, que se presenta como un entorno opresivo y deprimente abarrotado de maquinaria, o la serie que muestra los espacios de ocio para los trabajadores y sus familias en esa ciudad. Otros ejemplos son el reportaje sobre la Convención Nacional Demócrata que tuvo lugar en Chicago en agosto de 1956, encargado por la revista Esquire, y las fotos de la playa de Coney Island la noche del 4 de julio del 1958, que aluden al desencanto y la segregación racial de una zona en decadencia, antes ocupada por blancos de clase media y en ese momento un área para los habitantes negros más pobres de la ciudad. Frank realizó una última serie de fotografías, tomadas desde la ventanilla de un autobús mientras circulaba por las calles de Nueva York. Estas imágenes suponen el reto de extraer el máximo significado desde un espacio muy restringido, que provoca una distribución fortuita de figuras que aparecen un instante frente a la cámara antes de que el autobús reemprenda la marcha. En ellas Frank decide abandonar el control, llevando al límite el encuadre fotográfico.

En la década de 1960 Frank dejó de lado la creación fotográfica y se concentró en el cine, un medio que le permitía “decir más cosas” y ”de un modo distinto”. Su producción se caracterizó entonces por un estilo caótico, por la alternancia de géneros y por una manera transgresora de grabar su propia experiencia vital, a través de una compleja negociación entre el espacio público y su vivencia personal, real e imagina-ria. De hecho, los diálogos suelen derivar de conversaciones entre familiares y amigos, sin fronteras entre realidad y ficción, la vida o el arte. Sus películas testifican sus convicciones sobre el diálogo en comunidad, sobre el poder del arte para reconstruir y dar forma al individuo y la sociedad, y cuestionan irónicamente la capacidad de la cámara para captar la verdad, aspecto fundamental en toda su trayectoria. Su primer film, Pull My Daisy (1959), basado en un texto improvisado de Jack Kerouac que él mismo lee, y con la participación de los poetas Gregory Corso, Allen Ginsberg y Peter Orlovsky, fue esencial para el movimiento beat, y contribuyó a redefinir el cine independiente americano. Entre sus filmes posteriores cabe mencionar Me and My Brother, de 1965-1968, en el que retrata a Julius, el hermano catatónico de Peter Orlovsky, y Cocksucker Blues (1972), en el que se ofrecía una descripción tan explícita de una gira de los Rolling Stones que el grupo musical lo rechazó e impidió su distribución. Conversations in Vermont, de 1969, fue la primera película realmente autobiográfica de Frank, una especie de álbum familiar sobre el pasado y el presente.

En los años setenta Frank se trasladó a Mabou, en Nueva Escocia (Canadá), un lugar retirado donde circunstancias personales le lleva-ron a una mayor introspección en su vida y su obra, lo que le hizo retornar a la fotografía –especialmente Polaroids– y el vídeo. Sus obras de esta etapa se centran exclusivamente en temas personales. Se trata de composiciones de varios negativos, de estilo rudo, sin refinar, con los que pretende destruir la imagen perfecta, donde la importancia reside en la manipulación de la imagen a la que superpone textos escritos, rayados, fotografiados. El vídeo Home Improvements (1985) es un buen ejemplo de su manera de trabajar a partir los años ochenta. El artista habla a la cámara, haciendo referencia a acontecimientos de su vida y a su manera de adaptarse a ellos. En un momento dado le pide a un amigo que destruya un montón de fotografías suyas atravesándolas con un taladro. Hacia el final de la película afirma: “Siempre miro hacia fuera intentando ver hacia dentro, intentando decir algo que es verdad.”

Los trabajos más recientes de Frank consisten en copias digitales de fotos hechas con Polaroid que sugieren una serie de recordatorios o anotaciones, consignados en textos escritos a mano. My Father’s Coat (2000) y la serie Memory for the Children (2001-2003) presentan una combinación de imágenes ordenada según una lógica personal. Si su película The Present (1996) es una reflexión, sin trama ni guión, sobre los continuos intentos de Frank para vivir en el presente —“no sé qué historia me gustaría contar”—, su último film, True Story (2004), se puede considerar una meditación sobre el envejecimiento. Las últimas obras de Frank demuestran que sigue experimentando y buscando, como en sus inicios, una historia que guarde relación con su propia vida. Argumentos que se sustentan en los conceptos de cambio, memoria, percepción y que proponen, en palabras del artista: “Menos gusto y más espíritu… menos arte y más verdad.”

Comisarios: Vicente Todolí y Philip Brookman
Producción: Tate Modern (Londres), con la colaboración del MACBA
Catálogo: Philip Brookman y Vicente Todolí (eds.). Robert Frank: Storylines. Göttingen: Steidl, 2004. 205 págs., 270 ilustraciones en b/n, 35 €. (Separata en castellano)

Artista

Robert Frank
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Itinerancias

28 OCT. 2004 - 23 ENE. 2005 Tate Modern, Londres
09 FEB. - 08 MAYO 2005 Salas del museo

Uno llega a algo que no se puede pintar.
Dieter Roth