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La exposición Luis Claramunt. El viaje vertical presenta una amplia selección de obras, realizadas entre principios de los años setenta y finales de los noventa. Si bien Luis Claramunt (Barcelona, 1951 – Zarautz, 2000) es conocido casi exclusivamente como pintor, esta exposición trata de mostrar una cosmología compleja, a la vez que unitaria y coherente, que incide en sus series de dibujos, los trabajos fotográficos y los libros autoeditados que complementan y desbordan su trabajo pictórico.

Autodidacta, Claramunt es miembro de esa generación que intentó ser de su tiempo sin pertenecer a él. Sus inicios en los años setenta coinciden con la eclosión de un arte más politizado al que se adhieren la mayoría de sus coetáneos, en una Barcelona que bulle de iniciativas experimentales en los ámbitos del arte, la literatura y el cine, así como en las subculturas populares.

En esos años Claramunt nada a contracorriente y, en lugar de buscar referentes en las vanguardias, se centra en la pintura. Los acabados propios de la pintura naturalista, y la obra de Isidre Nonell en particular, conforman el primer peldaño de la escalera que Claramunt construirá a lo largo de su vida. Las temáticas y el estilo de la pintura de Claramunt cambian al tiempo que se distancia física y socialmente de Barcelona.

El viaje vertical, primera retrospectiva de la obra de Luis Claramunt, descubre a un artista que escribe, a través del dibujo, la fotografía y los libros autoeditados, innumerables páginas en las que la historia de la literatura deviene un contrapeso inseparable de la historia de la pintura. Su obra sugiere lugares y entornos humanos: topografías literarias, ficciones y relatos que ocupan el ojo y el espíritu.

La exposición se organiza por series con el objetivo de mostrar hasta qué punto vivir y pintar eran para Claramunt una única experiencia. Madrid, Sevilla, Bilbao, y sus frecuentes viajes a Marrakech reemplazan Barcelona en una geografía que representa con asiduidad. El viaje vertical ofrece un itinerario a través de su obra que es al mismo tiempo un despojamiento, en el que materia e imagen se aligeran hasta transformarse en caligrafía.

Aunque mantiene un montaje cronológico, la exposición comienza con una amplia selección de los dibujos y libros autoeditados de Claramunt, realizados entre 1994 y 1999, que funciona como introducción y marco de referencia para interpretar su producción pictórica. Los dibujos condensan una intensa energía creativa y traducen un procedimiento de trabajo que surge de la inmediatez de la percepción y de la mediación de la memoria, tanto de las ciudades como de sus lecturas. Para Claramunt el dibujo era una forma de habitary comprender los espacios por los que transitaba. Los dibujos no solían enmarcarse ni exponerse en galerías; no se magnificaban sus cualidades plásticas ni su "originalidad", sino que a menudo eran fotocopiados sobre papeles de colores, para primar su cualidad gráfica, el gesto y la secuencia. Estas ediciones, a pesar de su rápida ejecución y su precaria factura, abren nuevas perspectivas al conjunto de su obra y, junto a sus series de dibujos, resumen el modo en que el artista se enfrenta al trabajo de la pintura, con intuición y rapidez.

Una pequeña sala dedicada a sus figuras-retratos, inspiradas en la lectura de La isla del tesoro, se extiende temáticamente a la sala contigua, donde pueden verse sus cuadros de Barcelona, incluidos sus cuadros de "colgados". Los interiores de tablaos o los paisajes urbanos se presentan en una totalidad abigarrada, mediante un grafismo febril, que escapa de la perspectiva ilusionista para mostrar un entresijo de relaciones, confundiendo la arquitectura con los cuerpos y los objetos, abriendo sus contornos y troceando las figuras. En los cuadros de Barcelona y Sevilla, pintados a mediados de la década de los ochenta, llama la atención el cambio en el uso del color, en unas pinturas ahora casi monocromas, y la concentración en los aspectos estrictamente compositivos de la obra a partir de la mancha como elemento estructurador.

Las series realizadas entre 1986 y 1988 dedicadas a Marruecos y al mundo de los toros representan un punto de inflexión en la producción de Claramunt. En el camino que va de la mancha casi monocroma a la línea, al grafismo seco de sus últimas composiciones de toros, se resume todo un proceso de vaciamiento espacial que le conduce a un protagonismo absoluto de la figura en un espacio más simbólico. En sus cuadros de toros, relacionados también con el mundo de la venta o los mercados de ganado, y en la última fase de su etapa marroquí, esta tendencia a la estilización se radicaliza y su pintura se torna más escueta, más dura, más cerebral y más concreta.

En una sala contigua encontramos sus series de fotos realizadas en Barcelona y Bilbao, que ofrecen una nueva versión de la fascinación de Claramunt por lo urbano. A principios de los noventa Claramunt incorporó a su deambular urbano un modo de registro casual, haciendo fotos sin intención aparente. El caminar como práctica artística iba definiendo la forma y el contenido de sus fotografías, escribiendo el texto y buscando su sujeto a la vez. El puerto y las estaciones de tren de Barcelona o la ría de Bilbao, su puente colgante, las fábricas abandonadas o sus calles, aparecen en dibujos y fotografías en escenas despojadas de todo exotismo.

El trabajo de su última década, en la que el mar cobró gran importancia, como atestiguan sus series Mar Rojo y Mar Negro, de 1997, y Naufragios y tormentas, de 1999, concluye la muestra. En esta serie, la última que llevó a cabo, destacan las Tormentas de hielo, una especie de testamento mudo. A lo largo de su carrera Claramunt transitó siempre entre lo figurativo y lo abstracto, simultaneando la mancha, que marca toda su producción dedicada a las series de mares, naufragios y tormentas, y la línea, un grafismo caligráfico ya reducido a negro sobre blanco en sus series dedicadas a Bilbao y Madrid.

Esta última sala entronca con la primera y cierra el círculo de una vida y un trabajo marcados por la búsqueda de una realidad en la pintura. La obra de Claramunt permite narrar otro tipo de historia del arte contemporáneo, que incluye precisamente el recorrido desde los años setenta hasta los noventa, y que observa de manera crítica y efectiva la evolución de las imágenes y las gramáticas de una visualidad que actualmente nos resultan lejanas.

Como epílogo a El viaje vertical se ha habilitado un espacio de lectura con algunos "facsímiles" de los libros de Claramunt, las novelas que inspiraron su trabajo y grabaciones de flamenco, una música que le acompañó siempre.

En paralelo a la exposición, el Museu Nacional d'Art de Catalunya (MNAC) presenta Nonell y Claramunt. Registros de lo urbano, un proyecto coorganizado por el MACBA y el MNAC, que permite establecer un diálogo entre la tradición de artistas como Nonell y los valores estéticos de Claramunt. Entre ambos, alejados en el tiempo, nace una afinidad que se manifiesta en la distancia que cada uno de ellos mantiene con su propia época.

Artista

Luis Claramunt
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