MUESTREO #4 Cosas que pasan
Joan Brossa
 

De lejos, cuando pensamos el archivo de una institución pública, entendemos que este responde a una serie de funciones y definiciones. Las tres funciones son claras: conservar la documentación contra ataques destructores de todo tipo (biológicos, políticos, catástrofes naturales o el paso del tiempo), catalogar esta documentación para que cuando la necesitemos podamos encontrarla con relativa facilidad y difundirla con la voluntad de que alguien sepa que aquello existe —¿podemos buscar algo que no sabemos que existe? En principio, sí, ¿verdad?—. Al tiempo que el archivo institucional cumple estas tres funciones, es atravesado por las definiciones. En primer término, entendemos que el archivo es un lugar. Es una entidad que existe y que ocupa un espacio físico y virtual. Eso nos permite ir al archivo, permanecer en él. La hospitalidad o la falta de esta entran en escena. En segundo término, el archivo es el conjunto de datos controlados que nos permiten describir un documento —con todas las implicaciones políticas y epistemológicas que ello conlleva— para poder insertarlo en un entorno donde convive con otros documentos y al que nosotros podemos acceder relacionándonos con él. Lisa y llanamente: el archivo son también los datos añadidos al documento, los metadatos que constituyen un sistema. Finalmente, cuando llegamos y atravesamos la puerta, damos con la definición clave: el archivo son las personas. Unas trabajan con los documentos tomando decisiones drásticas ante su conservación, catalogación y difusión —¡constituyendo la memoria del futuro!— y otras consultan el archivo, son las usuarias que atraviesan funciones y definiciones utilizando los documentos a su favor para generar ficciones con sentido y significado de múltiples formas.

Una vez dentro, si observamos un rato el archivo histórico del MACBA, vemos que este no para de moverse. A diferencia de los fondos personales, en muchos de los cuales el productor ha muerto y el tiempo juega a nuestro favor, este es un archivo vivo o en construcción. Un archivo-río en el que el flujo de información no se detiene, y los documentos y datos que brotan de las actividades diversas tienen que ser transferidos-canalizados en tiempo real pensando en el futuro. Porque al final, cuando todo se haya destruido y vendido, sabemos sin lugar a dudas que el archivo histórico será el último en irse y apagar las luces, pues contiene poca cosa mercantilizable. Parece que el archivo histórico nos permite anticipar con exactitud lo futurible desconocido y, en cambio, nos presenta un inicio difuso y escurridizo. El archivo se ríe de sí mismo.

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Cosas que pasan se estructura en un programa público de actividades, una exposición y un espacio virtual desde donde preguntarse sobre el formato del propio archivo y cómo este se relaciona con otros contextos de visibilización e intercambio. El archivo es una forma de acceder a la información, como lo son lo que entendemos por exposición, objeto-libro o programa de radio. Si tenemos en cuenta que un archivo es abierto por definición y que el usuario tiene acceso a su contenido de forma permanente, ¿qué significa exponer un archivo? ¿Qué estamos exponiendo? ¿A qué lo estamos exponiendo? ¿Qué se muestra, qué esconde y cómo se muestra? Es un lugar común que el archivo, en sus procesos, se imagina y se quiere invisible, quiere permitir el acceso y no ser accedido, y es en esta invisibilidad donde nos situamos, dándole la bienvenida para poder charlar con él un rato. Es en este contexto donde nos damos cuenta de que en el transcurso del proceso de trabajo —¿de una forma natural?— hemos ido generando documentos. Y, en tanto actividad realizada por el museo-productor, seremos conservados, catalogados y visibilizados dentro del archivo histórico. Parece inevitable que el archivo-río acabe desembocando en el sistema que relata, mezclándose con todo lo que lo rodea.

Enric Farrés Duran

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