Susana Solano comienza su trayectoria artística en el terreno de la pintura para, tardíamente, dedicarse a la práctica escultórica. Sus primeras obras en este último campo, realizadas en madera, datan de principios de los años ochenta y manifiestan una clara influencia de Brancusi. A partir de Colinas huecas (1984-1985) utiliza el hierro y el plomo, innovando la técnica del forjado según los métodos de la tradición artesanal catalana. Progresivamente, sus esculturas adquieren un carácter monumental en el que predominan las estructuras macizas, los recintos arquitectónicos y las jaulas abiertas.

A pesar de que su lenguaje de esta época remite a ciertas propuestas del minimalismo, en la obra de Susana Solano se combinan las referencias más novedosas con aspectos de la Antigüedad, sustentados ambos sobre un poso emocional en el que se mezclan investigaciones puramente constructivas con gestos y vivencias personales, extraídas en gran medida de su infancia.

En 1987 es seleccionada para la Documenta 8 de Kassel y en 1988 recibe el Premio Nacional de Artes Plásticas, tras compartir con Jorge Oteiza el pabellón español en la Bienal de Venecia de este mismo año. Superada la simplicidad geométrica de principios de los noventa, sus trabajos actuales se decantan cada vez más hacia un intimismo lírico, donde los volúmenes evocan una reivindicación espiritual del cuerpo.

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Lo que pretendo al contar la historia de una víctima de la violencia en Colombia es apelar al recuerdo del dolor que experimentamos todos los seres humanos, aquí o en cualquier parte del mundo.
Doris Salcedo