Escritor y pintor nacido en Namur (Bélgica) en 1899 y fallecido en París en 1984, Henri Michaux convirtió el viaje ‒ya sea real o imaginario‒ en el tema central de su trabajo. Muy atraído por las culturas orientales, desarrolló una pintura a base de trazos caligráficos y signos como si se tratara de un alfabeto particular, realizados a menudo bajo los efectos de sustancias psicotrópicas (son muy conocidos los dibujos surgidos de sus experiencias con la mescalina). Desde que llegó a París, en 1924, se interesó por la obra de Paul Klee, Max Ernst y Giorgio de Chirico. Sin discernir entre escritura y pintura, ambos registros creativos le sirvieron para tejer un universo poético muy personal que muestra con fascinación la fisura que separa realidad y representación. Aunque se inició en la escritura, desde los años cuarenta la creación visual fue ganando terreno en su trabajo. Michaux entendía la producción estética como una experiencia ritual, una acción que, a través de la repetición de ciertos gestos y movimientos, crea un tiempo distinto, desligado de la lógica que rige el día a día. Siguiendo esta idea, tanto en su pintura y obra gráfica como en su obra escrita desarrolló un estilo tenso y rápido, como obedeciendo a pequeñas sacudidas eléctricas, con frases breves y ágiles, y trazos enérgicos y rítmicos.

Entre las múltiples exposiciones que llevó a cabo en vida, destaca la gran retrospectiva que le dedicó el Musée d’Art moderne de la Ville de Paris en 1965 y la del Guggenheim Museum de Nueva York en 1978. Desde los años setenta y hasta hoy, numerosos museos y galerías de Europa, América y Japón han mostrado su obra.

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Reconstituir el desorden de una posible ciudad. Utilizar la maqueta no como un elemento de proyecto, sino como una representación de algo que ya existe.
Jordi Colomer