Hace tiempo que Anna Irina Russell trabaja con el reflejo de la luz. Insistentemente, en las ciudades a las que iba, buscaba las cámaras situadas en el espacio público para dirigir la luz hacia ellas. A veces sola, muchas veces acompañada. El resultado de estas acciones es siempre un vídeo, donde la cámara es deslumbrada, impidiendo que se vea la ciudad de manera intermitente. Esta discontinuidad imprecisa y orgánica, fruto del juego de búsqueda de la artista para deslumbrar a la cámara, crea un ritmo cálido y tangible, como la voz al hablar. Como si de una forma de comunicarse se tratara. Como otra forma de hacer visible su presencia en el espacio.

Con esta propuesta en curso, aunque en estos momentos situada en el ámbito del hogar, Anna Irina prosigue su exploración. ¿Qué podemos observar si prestamos atención a la luz presente en nuestras casas? ¿Qué intensidad tiene la luz solar en nuestro país? ¿A qué horas entra con más fuerza? ¿Cómo va variando su dirección? En este recorrido, ¿a qué deslumbra? ¿Qué formas y dibujos crea? Puedo dibujarlas o fotografiarlas cambiando el momento del día o de la semana, y observar si vemos algún patrón de repetición o si van variando. ¿A qué se debe?

También podemos fijarnos en cómo la luz interactúa con los objetos. ¿Hay algún objeto o material en casa que la luz traspase o refleje? ¿Y si juego con él? ¿Y si tomo algún objeto que haga rebotar la luz para intentar dirigirla donde quiera? ¿Qué puedo hacer con este “control” de la luz? Podría dibujar en el espacio como si fuera la punta de un lápiz. Podría hacerla bailar. Podría ser un modo de comunicación, o dar calor, como hace el personaje en la película Mon Oncle de Jacques Tati, o aprovechar para crear recorridos de luz por casa, ayudándonos a prestar atención a los detalles que deslumbra. ¿Y hasta dónde puede llegar este dominio de la luz? Podría explorar sus límites, tratando de transportarla, o hacer pruebas de la distancia en la que todavía se mantiene su fuerza.

La interacción con la luz se convierte en una práctica que nos ayuda a ser conscientes del tiempo y del entorno, ya que se ve condicionada por estos elementos. Este límite es una oportunidad para trabajar la repetición y fijarnos en las diferencias que emergen a partir de un mismo gesto. Una materia, la luz, que nos permite observarla, transformarla, transportarla, dibujarla...

 

 

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Mi obra es mi cuerpo, mi cuerpo es mi obra.
Helena Almeida