Amèlia Riera aprendió pintura en el estudio de Francisco Sainz de la Maza, en Barcelona, en el panorama gris de los años cincuenta. Ya en la década de los sesenta formó parte del grupo inicial del Cercle Artístic de Sant Lluc, también en Barcelona, y del Saló Femení d'Art Actual, impulsado por un colectivo de mujeres pintoras claramente reivindicativo, y fundó, junto con otras artistas, las MAN o Muestras de Arte Nuevo. Desde ese momento y hasta su muerte, en 2019, Amèlia Riera trabajó en lo que el crítico Juan Eduardo Cirlot calificó como «pintura límite». Frente a la abstracción informal dominante en aquel momento, fue capaz de articular un lenguaje y una iconografía muy propios: un mundo misterioso cercano al surrealismo y siempre con una mirada de género. En este sentido, Amèlia Riera fue una pionera. Sus cuadros presentan seres a medio camino entre el maniquí y la muñeca articulada, intervenidos con cadenas, cercos o cerraduras, y próximos al sadomasoquismo o la necrofilia. Un erotismo inquietante en un lenguaje muy próximo al claroscuro y con una acusada densidad o textura matérica. Son significativos los títulos de algunas de sus series, como «Ex-vots», «Sade», «Eroticones», «Electrotèrmiques» o «Vampirisme».
Amèlia Riera participó en numerosas iniciativas colectivas y también en exposiciones individuales en distintos espacios del país, como el Saló de maig (1962), el Palau de la Virreina (1970) y la Galería Dau al Set (1978), en Barcelona, o el Palau Solterra (2005), en Torroella de Montgrí. Cabe destacar la retrospectiva que se presentó en el Centre d'Art Tecla Sala de L'Hospitalet de Llobregat (1995). Tras su muerte, su obra ha sido puesta en valor en exposiciones como la presentada en el Espai Volart de Barcelona (2010) y en La Virreina Centre de la Imatge de Barcelona (2022). Su obra forma parte de colecciones como las de la Fundació Vila Casas, el Museu Nacional d'Art de Catalunya y el MACBA de Barcelona.