Esta gigantesca ola de aluminio negro que, con sus casi tres toneladas, ocupa el podio del MACBA, ilustra la interpretación en clave geométrica que el escultor vasco Jorge Oteiza hizo de las olas de mar. Una obra de arte público, pensada por tanto para ser compartida en el espacio público y para interactuar con los fenómenos de la naturaleza, con el entorno urbano y con las personas que lo frecuentan a lo largo del día.
En 1998, apenas tres años después de la inauguración del MACBA, Oteiza recibió el encargo de producir una obra para el museo. Enseguida tuvo claro que lo que quería era idear una pieza que estableciera un diálogo dinámico con las formas racionales y rectilíneas del edificio blanco de Richard Meier. Un edificio que, por su orientación, recibe la luz solar desde la mañana hasta el atardecer. Y así, este poliedro negro de formas cóncavas, convexas, ondulantes y a la vez cortantes, echó sus raíces frente al MACBA, para trazar con él un incesante juego de reflejos, luces y sombras.
La ola fue producida en el taller del arquitecto y escultor Pere Casanovas, en Parets del Vallès. Se partió de un modelo en bronce, de 5 cm de altura, realizado por Oteiza en 1957. Para trasladar esta miniatura a su nueva escala monumental, fue necesario proyectar cinco maquetas más y una sexta de madera, a tamaño real.
Escuchando ahora, junto a La ola, el sonido continuo de los skates chocando contra el cemento de la rampa, nos hacemos eco de las palabras que Filipp Shamshin –fotógrafo y skater– comparte en el documental Tres obras y una plaza: “Cuando la ves, la ves como una ola de mar. Y el skate tiene mucho en común con el surf”.