La influencia del surrealismo, que Joan Miró conoce de primera mano cuando viaja a París en 1919, lleva al artista a crear según siente las cosas, y no según las mira. Desde entonces Miró creará como un poeta. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, refugiado en un pueblo de Normandía, inicia una serie de pinturas que ya muestran su lenguaje más personal, con unos iconos recurrentes que lo convertirán en un creador universal: sus pájaros, la mujer, la luna o las estrellas, despojados de todo lo accesorio y reducidos a lo esencial. Miró capta la vida y el orden del cosmos. Sus mujeres, cabezas y pájaros remiten a la ancestralidad y la esencialidad del trazo, revelan su interés por los estados emocionales y se inscriben en un universo de intercambios energéticos entre los seres que habitan el binomio tierra-cielo. Con orificios marcados (bocas, ojos o vaginas), las mujeres y las cabezas mironianas son el resultado de una visión del mundo en la que los instintos atávicos, profundamente arraigados a la tierra, coexisten dentro del espacio artístico.
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La Fabra Centre d’Art Contemporani
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