La figura del laberinto ya aparece en el mundo antiguo. Desde entonces, ese camino sinuoso de salida imposible ha desplegado una rica simbología en todas las culturas. Mágico y metafísico a la vez, condensa tanto el camino iniciático o la búsqueda en el centro de uno mismo como la complejidad del universo y sus infinitos caminos. En uno de sus poemas sobre el laberinto, Jorge Luis Borges escribió: «No esperes que el rigor de tu camino / que tercamente se bifurca en otro / que tercamente se bifurca en otro / tendrá fin» ("Elogio de la sombra", 1969). Àngels Ribé también quiso contribuir a la tradición del laberinto con una instalación de plástico amarillo, presentada por primera vez en Verderonne, cerca de París, en 1969, posteriormente en una exposición que le dedicó el MACBA en 2011, y nuevamente con motivo de los 30 años del MACBA. El plástico amarillo, en su condición de elemento translúcido, revisita un imaginario de clausura y opacidad de larga trayectoria. El laberinto de Ribé tiene dos accesos y salidas, y el tránsito por sus senderos y bifurcaciones nos confronta a nuestro cuerpo y a nuestro diálogo con el espacio.
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